Kim Stanley Robinson, autor de la aclamada trilogía Marte Rojo, ha descartado sin rodeos las ambiciones actuales de colonizar Marte como poco realistas, citando realidades científicas que han surgido en las décadas transcurridas desde que se escribieron sus novelas. El autor sostiene que si bien persiste el sueño de una colonia marciana autosuficiente, los obstáculos prácticos se han vuelto más formidables.
Robinson reconoce que su propio trabajo, escrito entre 1989 y 1991, predijo ciertas tendencias geopolíticas con sorprendente precisión: el declive del dominio estadounidense y ruso, el ascenso de China y la India y la intensificación de las crisis ecológicas y económicas en la Tierra. Sin embargo, subraya que los nuevos hallazgos científicos han alterado fundamentalmente la viabilidad del asentamiento marciano. Específicamente, el descubrimiento de percloratos omnipresentes en el suelo marciano (tóxicos para los humanos incluso en concentraciones mínimas) y las consecuencias para la salud a largo plazo de la reducción de la gravedad y la radiación cósmica plantean desafíos insuperables.
El cambio de la ciencia ficción a la fantasía
Robinson contrasta las visiones optimistas de los empresarios multimillonarios con las duras realidades del entorno marciano. “Las audaces afirmaciones de ciertos multimillonarios sobre cómo pronto colonizaremos Marte son simplemente fantasías”, afirma. Propone un escenario más realista a corto plazo: establecer puestos científicos avanzados en Marte similares a la Estación McMurdo en la Antártida, con equipos rotativos de investigadores dispuestos a aceptar riesgos para la salud por el bien de la exploración.
Este enfoque difiere drásticamente de la promesa de asentamientos permanentes y autosuficientes. Robinson señala que incluso con avances tecnológicos significativos, la principal barrera para la colonización marciana sigue siendo el estado mismo de la Tierra. “Tenemos que resolver los problemas que hemos creado aquí antes de que ir a algún lugar fuera del planeta se vuelva siquiera ligeramente relevante”, insiste.
Primero una novela, después un pronóstico
A pesar de su escepticismo respecto de la colonización inmediata, Robinson enfatiza que Marte Rojo fue concebido como una obra de ficción, no como un modelo técnico. Destaca el atractivo perdurable de los personajes y la narrativa de la novela, y señala que, después de décadas, pudo releerla sin la necesidad de revisarla. La fuerza de la historia radica en su exploración de las relaciones humanas, los conflictos políticos y las consecuencias a largo plazo de la terraformación, temas que resuenan independientemente de la viabilidad científica.
En última instancia, Robinson mantiene un optimismo cauteloso. Si bien reconoce que la ocupación marciana a gran escala puede estar a siglos de distancia, espera que la eventual recuperación de la Tierra abra nuevas posibilidades para la exploración interplanetaria. Pero por ahora, concluye, la noción de que los humanos “migren” a Marte es una “tontería”. La atención debe seguir centrándose en abordar las amenazas existenciales que enfrenta la humanidad en su planeta de origen antes de fijar la vista en una frontera distante y actualmente inhóspita.


























